4.02.2009
El miembro inundaba su boca hasta provocarle arcadas, hasta sentir que le faltaba la respiración, que el movimiento de su compañero la ahogaba mientras que lágrimas escapaban involuntariamente debido al esfuerzo de contener el genital erecto dentro de su boca penetrándola. El observaba su rostro mientras le acariciaba el cabello, para luego tomarlo firmemente entre sus manos. Le encantaba acariciar sus mejillas hasta sentirse a sí mismo inundándola. Fue en ese momento que la tomó de la cintura hasta poner su entrepierna encima de su boca, mientras que su cabeza se hundía en el lecho a pesar de lo liviano del cuerpo de ella. Su lengua lamía con pasión, mientras que ella bruñía la entrepierna húmeda sobre su rostro. A él le encantaba el sabor de su compañera. Ambos disfrutaban sin otro límite más que la imaginación. En ese momento, desde una ventana semi-abierta, una melodía urbana inundó la habitación: los sonidos que provenían de la calle, del paso raudo de vehículos y transeúntes, se confundían con los gemidos guturales de los amantes, con los estertores derramados sobre todos los rincones de la habitación, de aquel lugar que era testigo y cómplice de la pasión del encuentro de dos almas materializadas sobre el lenguaje de los cuerpos, sobre aquel diálogo sin palabras basado en la comunión del silencio, en la complicidad de dos seres que se sentían inmortales dentro de ese instante eterno.
