11.22.2009

HIPOXIA

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«Pido a tu lecho el sueño sin sueños ni tormentos con que duermes después de tu engaño, extenuada, tras el telón ignoto de los remordimientos, tú que, más que los muertos, sabes lo que es la nada.»
Stéphane Mallarmé



En ese momento cogió un viejo cinturón de cuero y enlazó el cuello de su nueva amante: a medida que tiraba de el, lograba mayor excitación y la penetraba con más fuerza con su dildo sujeto a un arnés.

Respiraba con dificultad, pero seguía poseyéndola desaforadamente. Continuó sin reparar en la desesperación de la joven mientras tiraba con ambas manos del cinturón que la asfixiaba. Una vez que acabó y recuperó el control, recordó mientras soltaba el improvisado lazo, la crueldad de los habitantes de la aldea en el día del comienzo de su exilio.
La víctima cayó al suelo mientras la observaba con horror y con la sorpresa de lo que el fantasma del pasado había hecho a través de sus instintos a esa virginal muchacha subyugada por el influjo de sus pesadillas.

11.01.2009

BITCHES BREW

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«Es falso decir: yo pienso;
deberíamos decir: alguien me piensa.»
Arthur Rimbaud


Suena el teléfono cuando el viejo reloj de pared marca las cuatro de la madrugada. Tropieza y a hurtadillas llega a tiempo de contestar. “¿Con qué ramera estás?”, escucha, pero no es capaz de contestar, no por falta de interés en hacerlo, sino porque ya no sabe que puede hablar y no entiende que es lo que tiene en la mano y que por costumbre puso cerca de su oreja. “Apuesto a que la estás enculando en cuatro patas; estoy segura que te la está mamando para ponértela más dura”, escucha desde el teléfono pero no comprende, siente una gran pesadez en su brazo izquierdo, mientras puertas y ventanas se abren y cierran ante su mirada. Mira hacia el techo y ve cada una de las estrellas del firmamento casi al alcance de su mano. Mira hacia donde había una muralla, pero ahora es un género pegajoso, que toca angustiado, y mientras siente su tibieza en la punta de los dedos, un fluído ácido inunda sus fosas nasales. No entiende, no sabe que hacer, está desorientado, pues el techo de la casa ya no está en su lugar y no hay muebles, solo múltiples escaleras que conducen hacia un sótano que no existe. Están sólo él y el teléfono entibiado por su mejilla para siempre.
“Contesta, contesta, se que estás ahí, sé que estás con tu marica, desde acá siento como lo haces gemir como a una perra en celo. ¡Abre la puerta de una vez cerdo degenerado!”. El malestar estomacal y el dolor en el pecho vuelven otra vez a él, pero esta vez mucho más intenso...
Una mujer llora en medio de la calle, mientras un hombre desnudo golpea su cabeza al caer.