HIPOXIA
En ese momento cogió un viejo cinturón de cuero y enlazó el cuello de su nueva amante: a medida que tiraba de el, lograba mayor excitación y la penetraba con más fuerza con su dildo sujeto a un arnés.
«Siempre he admirado al villano, al fuera de la ley, al hijo de perra. No aguanto al típico chico bien afeitado, con su corbata y su buen trabajo. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad.» Bukowski
En ese momento cogió un viejo cinturón de cuero y enlazó el cuello de su nueva amante: a medida que tiraba de el, lograba mayor excitación y la penetraba con más fuerza con su dildo sujeto a un arnés.
Suena el teléfono cuando el viejo reloj de pared marca las cuatro de la madrugada. Tropieza y a hurtadillas llega a tiempo de contestar. “¿Con qué ramera estás?”, escucha, pero no es capaz de contestar, no por falta de interés en hacerlo, sino porque ya no sabe que puede hablar y no entiende que es lo que tiene en la mano y que por costumbre puso cerca de su oreja. “Apuesto a que la estás enculando en cuatro patas; estoy segura que te la está mamando para ponértela más dura”, escucha desde el teléfono pero no comprende, siente una gran pesadez en su brazo izquierdo, mientras puertas y ventanas se abren y cierran ante su mirada. Mira hacia el techo y ve cada una de las estrellas del firmamento casi al alcance de su mano. Mira hacia donde había una muralla, pero ahora es un género pegajoso, que toca angustiado, y mientras siente su tibieza en la punta de los dedos, un fluído ácido inunda sus fosas nasales. No entiende, no sabe que hacer, está desorientado, pues el techo de la casa ya no está en su lugar y no hay muebles, solo múltiples escaleras que conducen hacia un sótano que no existe. Están sólo él y el teléfono entibiado por su mejilla para siempre.