10.01.2010

BOLA OCHO

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«No lamentes la ausencia de la semilla,

ama grandemente el fruto dado.

La semilla debe morir. »

Eduardo Anguita

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Estoy frente a la bola siete. Es mi última oportunidad para darle a la ocho mediante carambola y ganar la apuesta. Debo ganar, en primer lugar porque ya no me queda dinero, el último que tuve fue fruto de aquellos raros libros de mi abuelo que vendí en San Diego donde Paco Rivano, extraño ser cuyo poder de negociar antigüedades literarias puede convertir en plomo una joya al momento de llegar a un acuerdo y es capaz de hacerlo sin ningún miramiento ni aunque se trate de un anarquista, como en el fondo lo es también él.

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Tamara y Nelson transitan por una derrotada alameda pero al menos todavía tienen claro donde desean llegar, mientras que mi estrella se pierde cada día más, y -a lo Jonás- cada mañana convoco a nuevas ballenas para que me engullan y así zozobrar de nuevo en el océano como ritual que me salve de contradicciones y fracasos. Los restos de pólvora negra sobre mis oscuras vestimentas me delatarán ante los lacayos del poder, aquellos que buscan su propia razón de ser reprimiendo cada una de nuestras huellas. Creo que la delación compensada será la siguiente jugada al allanamiento del departamento. El carcelero suele ser previsible. Se lo que harán tal como sé que perderé porque aposté a la jugada equivocada, aposté en aquella en que siempre entrego una ventaja insalvable, así como Prometeo sabe que sus entrañas serán carne para los buitres como ofrenda a su destino de fatalidad tatuada sobre la piel.
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En el día de tu cumpleaños comienzo a visualizar un número que se parece cada vez más al finito, a mis sueños que entierro una vez que me absorbe la cotidianidad. “Yo prefiero el caos a esta realidad tan charcha”, cito tu cita de Redolés mientras enciendo un cigarrillo a la espera de mi turno en el juego de capturar infructuosamente la bola número ocho de mi destino.
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La gente no me gusta, pues suelen habitar enceguecidos cada día y creen ser felices sin tomar ningún riesgo, siguiendo años tras años corriendo de aquí para allá para un día cualquiera morir sin pena ni gloria y dejar algún bien a sus herederos que los recordarán de vez en cuando durante el tiempo de espera del turno en el centro de pagos de cuentas de servicios básicos.

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Es mi turno... ¡mierda!,. fallé otra vez. ¡Maldita sea!

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