DILETTANTE
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Déjame ser tu perseguidor en este laberinto de mieles y delirio. Déjame ser el dueño de esta estancia de pasajeros y suicidas que derraman todo su néctar sobre tu sombra. Un día supe que amarías a hombres y mujeres por igual, que tu piel sería de aquel que la tocara desde lenguas afiladas como rasguños, mientras que desde la dulzura de tu semilla germinaría una prisión de acero y agraz. Déjame ser tu perseguidor en este laberinto de enajenados mientras el logos cotidiano trae otra porción de desesperación, de fundir tu espalda al látigo cristalizado junto a la dosis de litio que te espera al final de cada jornada, y por el resto de tus días.
En medio de la noche -en un lugar sin límites- junto al bar, tienes dos alternativas: te separas de tu arquetípico rostro sin rasgos de espejo que se derrama frente a ti o intuitivamente buscas aquel fallecimiento momentáneo que terminará con tus entrañas derramadas sobre la barra como ayer...
Baudeleriana, te consumirás y nadie recordará tu suerte, sólo recordarán que tu piel destilaba perfume azucarado y licor mientras que otros seres desvelados se adivinaban en cada uno de tus poros de ninfa, en tu transpiración de hembra y lupanar. Por eso temes, por eso tratas de respirar mientras tu alma se divide, mientras un temblor te recorre y te silencian tus propios pasos centelleantes de verdugo disminuido, acorralado.
Sotito, el garzón que cada noche nos asiste con simpatía mientras deliramos frente a la última copa, no recrea un asunto de trabajo, sino que la relación entre clases reproducida hasta los genes. Él sólo escucha, él sólo espera atento ofrecer, llenar, servir, festinar todo lo nuestro, como mudo cómplice de la vida de otros, como eco de otras voces despojadas de toda pasión. Muerdes, muerdes tu destino como a los snacks que ya te han servido.
Y sigues derramándote sobre los asistentes a la cena. Pero ellos no escuchan, sólo hablan de sus mundillos familiares, laborales o pequeñas batallas de ideas descargadas desde el último programa de televisión. Lo sé, te cuesta compartir con seres carentes de toda crítica, sin colores propios. Bebes otra copa de cabernet mientras esperas que te ofrezcan cigarrillos... está tibio.
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¡Maldita acidez estomacal!, piensas mientras miras desde el espejo a un hombre que nunca antes habías visto por aquí. Mueves la lengua dentro de la boca, te tocas los dientes y vuelve aquella incómoda sensación de que falta algo, esa misma que te desespera cada vez que bebes más de la cuenta y te duermes frente a la barra. Lo embarazoso de la escena te hace recordar aquella noche cuando Diamela comenzó a ver una vaca en la sala de baño, una vaca que según ella no la dejaba entrar pues estaba cruzada en la puerta, mientras ella desesperaba por orinar. Por suerte estás sólo, porque cuando estás acompañado es cuando realmente te sientes sólo, en esa soledad que te hace beber una copa tras otra para olvidarte de la anterior... Te pesignas, no sabes por qué lo haces -en realidad nunca lo has sabido- pero te persignas con una desesperación interior que leo perfectamente en tu mirada, en el desconsuelo de tus ojos que me temen.
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