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«Siempre he admirado al villano, al fuera de la ley, al hijo de perra. No aguanto al típico chico bien afeitado, con su corbata y su buen trabajo. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad.» Bukowski
Las chicas repasan el esquema, no porque no lo conozcan, pues cada detalle repetido desde siempre ya es parte de su complicidad gemelar, sino que lo hacen como una forma de entrar en calor en la fría noche, de estar a punto antes de salir. Ulorin sabe que con suave movimiento explorado desde su ajustado vestido debe esperar a que Amalthea comience con lo suyo. Es lo que esperan ellos. Saben que la escena representada por sus cuerpos idénticos pone eufórico al escaso público que espera noche a noche no ser atrapado por el amanecer gracias a unas copas de más. Mientras ellas se acarician, ellos rugen, vibran como hienas al asecho. Huele a hembra, a sexo, a sudor de látex adherido a la piel. El lugar sin límites se estrecha al calor de la respiración de hermanas al unísolo como huella derramada sobre ese retrato de bizarro glamour en infinita noche de martes. Mientras Ulorin se posa en una silla al centro del escenario, Amalthea la encadena como símbolo de dominio sobre su alter ego. Los caballeros extasiados en su voyerismo piden más, mientras Amalthea dibuja líneas húmedas con la punta de su lengua sobre el cuello palpitante de Ulorin.
Otra noche de descarriados sueños de alquiler, otra jornada de sexo sin sexo, otra oportunidad para perderse en la oscuridad de local nocturno de puerto astral.