12.10.2015

VIAJE DEFINITIVO

Aprende a respirar conjugando monosílabos.
            Aprende a saltar cerrando los ojos.
            ¿Sigues aquí?

Cuando llego lo primero que me cuenta mi padre es que los pasajes a Santiago subieron de precio, al doble de la tarifa habitual, tipico de fin de semana largo, más si se trata de fiestas patrias como ahora. Me cuenta que luego le comunicaron que todos los pasajes para el día viernes o jueves en la noche se habían agotado, por eso se tuvo que devolver al hospital.

Su relato me hace recordar aquella vez que siendo estudiante universitario debí viajar un fin de semana similar y terminé “haciendo dedo” a la salida norte de Curicó, frente al restorán Soler, ese de los inolvidables lomitos servidos al plato. Estaba a punto de llover y nadie me llevaba, hasta que caminé hacia una “picada de camioneros” y esperé que fueran saliendo hacia el sur para “hacerles dedo”. Nadie paraba… salían y salían pero ninguno me llevaba, parecía que ni siquiera me miraban. Luego noté que una mujer, rubia no natural, bajaba de un camión y se subía a otro. Ahí me dí cuenta que el gran espacio utilizado como estacionamiento era lugar de ejercicio de prostitución. No me quedó otra alternativa que hablar con la rubia -que de cerca se veía mucho mayor, muy desgastada- para que me recomendara con un camionero y este me llevara. Mientras recuerdo miro por la ventana: unos viejos árboles con sus hojas agitadas por el viento y el cielo nublado detrás. No le cuento la historia a mi papá, pues en su estado no le causaría gracia y, más aún, creo que no la comprendería.

Hace mucho calor en este lugar, estoy sólo en camisa pero transpirando. Para abrir una conversación le preguntaré acaso sabe algo de Juan Carlos, el último chofer que tuvo en el bus Marcopolo y que al cerrar el giro tuvo que indemnizar con el mismo bus. (Por lo que sé, ahora trabaja el recorrido hacia la costa). Le pregunto sobre Juan Carlos, pero con un gesto me da a entender que no se acuerda de él.

Complicado es tener una conversación con mi padre, ya no es el mismo hombre de hace un par de años cuando celebrábamos sus noventa años. Creo que tampoco se acuerda del accidente de mi madre, pues me pregunta si hoy vendrá a visitarlo. La espera. Las enfermeras me dicen que de noche, entre insomnio y somníferos, la llama. Mi padre me cuenta que cuando ella llegue le encargará ir al terminal a comprar los pasajes a Santiago, pues él no puede bajar de la cama a causa de que sus piernas ya no le responden. No sé si es exactamente eso lo que balbucea, es lo que yo interpreto.

Cuando niño me encantaba ir al terminal de buses, más ir con él y acompañarlo en el recorrido cuando era todavía chofer. Creo que desde siempre sólo me he sentido libre viajando, en tránsito, en carretera. El trato de él con los choferes era muy cercano, de compañerismo. Ellos lo trataban siempre con mucho respeto, eran hasta cuarenta años menor que él. Siempre tuvo suerte al elegirlos, todos fueron responsables. Sólo recuerdo los problemas de Juan Carlos, que no aparecía a veces a la salida de medianoche porque no había pagado la pensión de alimentos y debía pernoctar en el “hostal de gendarmería”, como decía mi papá. Esa salida -la de medianoche- era la primera en llegar a Santiago, tipo siete de la mañana, la que permitía encontrarse con la magia del amanecer.

Observo a mi padre: su mirada perdida ha dado paso al cierre de sus empequeñecidos ojos. Duerme profundamente a pesar del ruidoso ambiente. Me marcharé. Volveré mañana a visitarlo. Ha perdido la noción del tiempo que lleva hospitalizado. Es mejor así. A veces yo también olvido cuanto tiempo lleva allí.

4 Comments:

Anonymous Gobina said...

Comprendo perfectamente tu sentir...
Un abrazo cálido.

20.12.15  
Blogger Euclides Alvarez said...

Me transporte con tus textos

Abrazos

23.4.16  
Blogger Abril_de_otoño said...

me lleno el alma....
regresa si ajja

9.9.16  
Anonymous Anónimo said...

No moriré de viejo,
solo desapareceré repentinamente
en un carretera,
en una puta carrera cuya linealidad
dejará de ser infinita.

No moriré de viejo,
sólo me haré sombra
del sueño sin sueños,
del cielo hueco, roto por alfiler.

No moriré viejo,
me recordarán taciturno
en mi último día de hormiga.

No moriré viejo:
me reconstruiré cansado de mi mismo
en cualquier noche como esta
que se escapa tras un azar.

14.11.16  

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