HIPOXIA
En ese momento cogió un viejo cinturón de cuero y enlazó el cuello de su nueva amante: a medida que tiraba de el, lograba mayor excitación y la penetraba con más fuerza con su dildo sujeto a un arnés.
«Siempre he admirado al villano, al fuera de la ley, al hijo de perra. No aguanto al típico chico bien afeitado, con su corbata y su buen trabajo. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad.» Bukowski
En ese momento cogió un viejo cinturón de cuero y enlazó el cuello de su nueva amante: a medida que tiraba de el, lograba mayor excitación y la penetraba con más fuerza con su dildo sujeto a un arnés.
Suena el teléfono cuando el viejo reloj de pared marca las cuatro de la madrugada. Tropieza y a hurtadillas llega a tiempo de contestar. “¿Con qué ramera estás?”, escucha, pero no es capaz de contestar, no por falta de interés en hacerlo, sino porque ya no sabe que puede hablar y no entiende que es lo que tiene en la mano y que por costumbre puso cerca de su oreja. “Apuesto a que la estás enculando en cuatro patas; estoy segura que te la está mamando para ponértela más dura”, escucha desde el teléfono pero no comprende, siente una gran pesadez en su brazo izquierdo, mientras puertas y ventanas se abren y cierran ante su mirada. Mira hacia el techo y ve cada una de las estrellas del firmamento casi al alcance de su mano. Mira hacia donde había una muralla, pero ahora es un género pegajoso, que toca angustiado, y mientras siente su tibieza en la punta de los dedos, un fluído ácido inunda sus fosas nasales. No entiende, no sabe que hacer, está desorientado, pues el techo de la casa ya no está en su lugar y no hay muebles, solo múltiples escaleras que conducen hacia un sótano que no existe. Están sólo él y el teléfono entibiado por su mejilla para siempre.
No puedo pensar en otra cosa que sólo en él. Como dirían mis padres: parezco una enloquecida quinceañera. Bueno, en realidad todavía no lo soy, pero luego de abrazarlo por primera vez me siento toda una mujer. Miles de lugares comunes se vienen a mi mente, como eso de ver todo el mundo color rosa y otras sandeces que suelen escribirse en un secreto rincón de un cuaderno cuando estás en el colegio pero tu mente vuela más allá. El sacerdote de mi familia me dijo bajo confesión que aquello era pecado e incluso un delito, pero no importa, por fin siento se que estoy viva y nada más importa cuando siento sus grandes manos sobre mi. Mañana será otro día: fingiré ser sólo su sobrina y él será simplemente el hermano gemelo de mi padre y mi profesor de religión.
«Lo que escribo no es para tí, ni para mí, ni para los iniciados. Es para la niña que nadie saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.»
«Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo (...) que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz.» Allen Ginsberg
Recuerdo . que . mientras limpiábamos la pequeña cocina del departamento alquilado, discutíamos sobre quién de los tres había sido el que había dejado abierta la puerta del refrigerador. No sé por qué nos importó eso en ese momento, cuando prácticamente estaba vacío: sólo un par de latas de cerveza corriente, un trozo de pizza descompuesto y algo de hielo. Carlos -enajenado otra vez- tuvo la mala fortuna de bromear con la tragedia de Carla. Ella, luego de varios días sin dormir, paranoica y aterrada, tomó instintivamente el arma con ambas manos y apuntó firmemente hacia la cabeza de Carlos. “Maldito bastardo: en este momento te acabas, inmundo perdedor”, gritó con la mirada fija y una fría lágrima derramándose a lo largo de su mejilla.Con un inesperado beso en la boca, Carol sella el comienzo de la cita. Susan viste un ajustado corsé, dejando los hombros descubiertos tal cual se lo habían solicitado. Procuran no estropearse el maquillaje con los labios de la otra, mientras "Summertime", candelas e incienso japonés completan el ambiente dentro de la suite.
Belmar
..."Me gustan demasiadas cosas y me confundo y desconcierto corriendo detrás de una estrella fugaz tras otra hasta que me hundo. Así es la noche, y eso produce. No puedo ofrecer más que mi propia confusión."
El miembro inundaba su boca hasta provocarle arcadas, hasta sentir que le faltaba la respiración, que el movimiento de su compañero la ahogaba mientras que lágrimas escapaban involuntariamente debido al esfuerzo de contener el genital erecto dentro de su boca penetrándola. El observaba su rostro mientras le acariciaba el cabello, para luego tomarlo firmemente entre sus manos. Le encantaba acariciar sus mejillas hasta sentirse a sí mismo inundándola. Fue en ese momento que la tomó de la cintura hasta poner su entrepierna encima de su boca, mientras que su cabeza se hundía en el lecho a pesar de lo liviano del cuerpo de ella. Su lengua lamía con pasión, mientras que ella bruñía la entrepierna húmeda sobre su rostro. A él le encantaba el sabor de su compañera. Ambos disfrutaban sin otro límite más que la imaginación. En ese momento, desde una ventana semi-abierta, una melodía urbana inundó la habitación: los sonidos que provenían de la calle, del paso raudo de vehículos y transeúntes, se confundían con los gemidos guturales de los amantes, con los estertores derramados sobre todos los rincones de la habitación, de aquel lugar que era testigo y cómplice de la pasión del encuentro de dos almas materializadas sobre el lenguaje de los cuerpos, sobre aquel diálogo sin palabras basado en la comunión del silencio, en la complicidad de dos seres que se sentían inmortales dentro de ese instante eterno.


Belmar
Todo su cuerpo temblaba. Cada porción de piel se estremecía ante las caricias de aquel desconocido que luego de presentarse tras una inesperada llamada desde un teléfono público, le arrancó en dos segundos un beso sin mediar palabra alguna, para luego descubrir la vulnerabilidad de su cuerpo casi adolescente y llegar a yacer desnudo junto a ella en aquel inocuo lecho de alquiler.
Nicolás disfrutaba susurrar obscenidades al oído de Verónica, palabras sucias y vulgaridades que en otro contexto la hubiesen molestado e incluso avergonzado, pero ahora eran parte de la locura compartida dentro de la pequeña pero acogedora habitación de hotel. De antemano ellos sabían que en un posible encuentro no habría promesas ni exigencias, pero que la pasión liberada en aquel lugar quedaría tatuada en sus cuerpos y los acompañaría incluso a la conquista de otros nuevos amantes. 
La noche les pertenecía: eran cómplices, totalmente cómplices. En una mirada eran capaces de reflejarse en el otro como si se tratase de viejos amantes. Ya no eran los desconocidos de algunas horas atrás, pues ya conocían lo suficiente uno del otro: Verónica… Nicolás… sus nombres de pila para ser invocados mientras se amaban sin culpa, en libertad y pleno entendimiento.
Mientras una repentina lluvia cercenaba la quietud de la noche con una simétrica cadencia fluvial, Verónica era nuevamente poseída, ahora ya sin los temores de la primera vez. Ella sabía que su amante era todo un caballero, culto y sensible; pero también conocía su exacerbada perversión sexual, pues ya le había expuesto sin tapujos lo que fantaseaba hacer luego con ella. En el fondo, era justamente esta dicotomía de ángel y bestia, lo que más le atraía a ella de la personalidad de él. Nicolás por su parte, sentía que no podía dejar de desear la tibieza y blancura de la piel de su hermosa amante, de disfrutar cada gemido gutural rompiendo el silencio de la noche desbocada, de querer poseerla una y otra vez hasta desfallecer dentro de su pequeño cuerpo junto con la llegada del maldito amanecer que los separaría para siempre.
Somos una especie de cebra que divaga entre el cambio hacia lo desconocido y el retorno hacia lo mismo. La metamorfosis de nuestro ser trae el blanco-negro tatuado en la piel, la búsqueda y el desacierto de la mortalidad. Y a pesar de presentirlo, confiamos en sobrevivir después del amanecer gracias a la pasión derramada en el eros y a la congénita locura.
Mariela succiona ávidamente ambas heridas -la suya y la de él- mientras un orgasmo tras otro estremece todas sus profundidades de loba en celo… Aplica un nuevo corte sobre el cuello de Manuel, pero ahora mucho más profundo. El siente dolor a pesar de la mezcla de droga y adrenalina. Mientras sus manos se ensangrentan, ella siente como se endurece más el miembro que la penetra. Recuerda a Miguel -su padrastro- y una lágrima atraviesa toda la longitud de su pálido rostro. Schubert y su “Winterreise” inundan sutilmente aquella habitación que ya no pertenece al mundo de la cordura sino a la travestida realidad de los huérfanos de la oscuridad. La litúrgica iniciación ya ha comenzado. Somos testigos de ello...Recordó la noche en que Said, su hermano gemelo, desposó a la mujer que amaba en secreto desde siempre y él los siguió, aún embriagado de dolor, hasta el lugar en que pasarían su noche de bodas. No fue capaz de impedir nada pero espió la escena con detalle: ella se desnudaba ante la excitada mirada de Said para ser acariciada, para desear con toda el alma ser por fin poseída por ese taciturno navegante de desiertos, para ser habitada hasta desfallecer de la pasión desbordada sobre el tibio lecho.
El sol ya comenzaba a partir sus labios, mientras que el viento pasaba a convertirse en la anunciada tormenta de arena. Su mente seguía imaginándola, perpetuando su belleza mucho más allá de los sentidos. Ya no importaba avanzar, sólo recordar la noche en que Said arriesgó su vida para salvar la suya ante la arremetida de desconocidos asaltantes y justificar así la decisión que lo tenía en ese lugar. Sabía que en otro lugar podría ser leal, pero que viviría ansioso, atormentado, deprimido.
Luego de un momento de confusión y algo de temor, Gaspar cerró los ojos para evitar volver la mirada sobre sus pasos. El viento le dificultaba mantenerse erguido y el sol comenzaba a ocultarse, mientras la tormenta ya se había apoderado del desierto…
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados -Samsa era viajante de comercio-, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.
Sobre todas las cosas sub - flota un olor que penetra hasta la médula del sonido más leve. Entonces una inmensa espiral se cimbra en las cuerdas del viento. Aparentemente no queda nada tras los pliegues de la tarde. Yo consigo un permiso de pesca, después de una lucha entre las cosas pequeñas y las alas. Derrocharía el mar por un movimiento tras el vestido. O separar los labios de la mujer amada con una navaja de afeitar. Más aun, abalanzarme súbitamente contra las nubes con la espada del soldado desconocido en la mano. Conozco bien mi oficio. El astrólogo podría colocar cada uno de vuestros gestos en el planeta más lejano. Pero no tratéis de penetrar con los anteojos del entendimiento en el poema. Tampoco podríamos ver con nuestras manos, a menos de llevar un ojo de pulsera y una oreja, o la noche se convirtiera en un gran remolino. Yo insisto en hacer del símbolo una hebra demasiado fina. Penetrar hasta las paredes donde cuelga una lámina de metal: yo descuelgo un pájaro de un árbol. El espejo gastado por la cenicienta del año 20, pero tú no eres la misma. Cantas para espantar vuestros angustiados brazos. Una llave puede significar la muerte de un adúltero, pero tras la muerte queda un sabor a niñas amorosas. La voz que canta desde la anónima ultratumba va marcando el paso al ritmo de los astros. Debajo hay una piedra negra, los niños la ven roja. Recuerdo el pseudónimo de las banderas. Yo salgo de mi interior. Afuera divido la venganza. El tiempo hace de los dedos grandes vagabundos. Por el momento hago de la sangre un surtidor. Espérame.
Envenenaste las primeras aguas, las primeras aguas y la sabiduría de los pueblos antiguos; vertiste sombras, grandes sombras, grandes sombras en la copa gloriosa de cien civilizaciones y muchos cantares aristocráticos, sonoros; tu actitud negra apagó las últimas luces, apagó las últimas luces de la vida...
Aunque el mar parezca ebrio de sus coros de ángeles y la tierna y dorada hierba nos envuelva en su velo flamígero sé que todo ha de pasar como en un canto si es que en el canto la eternidad no queda aprisionada.
Desde hace miles de años, todas las culturas han tenido juguetes sexuales de distintos tipos. Existen testimonios que mencionan artículos y objetos destinados al placer sexual en Roma, Grecia, Egipto, China, Japón e India. Antiguos manuscritos chinos hacen referencia a la práctica de atar la base del pene con un pañuelo, a fin de prolongar la erección, de ahí provendría el desarrollo de los anillos peneanos. Asimismo, la cultura Hindú, incluso antes del conocido Kamasutra describe dildos o consoladores de cuero y de madera pulida. La cultura griega adoraba a Afrodita, a quien se ofrendaba con ritos de fecundidad, donde era frecuente el uso de accesorios sexuales. En la medicina griega, de donde emergió Hipócrates, se describe como enfermedad el "útero ardiente", que era tratado provocando orgasmos con objetos. Era tan frecuente su uso, que estaba establecido que las mujeres solteras griegas debían utilizar sus "Olisbos", que eran penes de madera que se embadurnaban con aceite de oliva. Por otra parte, los Chinos fueron particularmente exquisitos en sus afanes por proporcionarse mayor placer creando líneas de accesorios, como las "Bolitas Chinas". Pero no sólo las culturas antiguas hicieron de estos elementos algo habitual. En 1880 el Dr. Joseph Mortimer inventó un aparato de forma fálica y lo patentó, incorporando el dildo a la terapia médica. Cuando se inventó la energía eléctrica de uso doméstico, el vibrador sexual, fue el quinto aparato en el mundo en ser electrificado, después de la maquina de coser, el ventilador, la cafetera y la tostadora. A principios del siglo XX eran un artículo habitual, incluso las tiendas Sears en Estados Unidos los publicitaba en sus catálogos. Luego, el avance del conocimiento los fueron distanciando del mundo médico y dejaron de ser un electrodoméstico frecuente y natural. Ya en los años ´20 se percibe que las revistas y catálogos no los publicitan y en poco tiempo dejan de ser parte de lo habitual, lo que junto al puritanismo occidental de mediados de siglo, estimulan su ingreso a un absurdo mundo clandestino.
Si me mato, no será para destruirme, sino para reconstruirme; para mí el suicidio no será sino un medio para reconquistarme violentamente, irrumpir brutalmente en mi ser, tomarle la delantera a la ventaja incierta de Dios. Mediante el suicidio, reintroduzco mi designio en la naturaleza, por primera vez doy la forma de mi voluntad a las cosas. Me libro del condicionamiento de mis órganos tal mal ajustados a mi yo, y la vida ya no es para mí un azar absurdo en el que pienso lo que se me da a pensar. Elijo mi pensamiento y la dirección de mis fuerzas, mis tendencias, mi realidad. Me ubico entre lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo. Me hago suspenso, sin inclinación, neutro, presa del equilibrio...
Él llegó a la hora acordada. ... Era un hombre bastante atractivo, alto y de voz muy sensual. Eduardo le abrió la puerta, yo llevaba vestido y tacones, sin ropa interior... Me miró de arriba a abajo, completa, su mirada desnudaba. Se hicieron las presentaciones de rigor y yo les dije que se pusieran cómodos, quería que comenzáramos a sentirnos en intimidad.
Pasión en cada roce, en cada pupila dilatada;
OBSESIÓN (del lat. obsessio, asedio). Posesión del demonio. // Idea fija que se apodera del espíritu independientemente de la voluntad, y a la cual se vuelve sin cesar.
—"Háblame de tu amante"— te pido con una voz que sé que ya no me pertenece— "Háblame de lo que quieras. Háblame de tu amante". Pero permaneces en silencio y empiezas a treparte, a enredarme, confundiendo mis brazos y mis piernas, intentando envolverme como una mala hierba. Te empujo sin renunciar a la delicadeza porque estás abrumándome y te resistes y yo sé que lo que pretendes es acallar mi boca con tus labios. Pongo mi mano sobre tu boca.
Mi éxtasis consta de dos movimientos, aparentemente opuestos, pero que en relidad integran un solo estado: Se desconocen, primero, los objetos, las formas del mundo; se duda, no intelectualmente, sino con todo el ser, del ritmo del árbol, por ejemplo; se encuentra todo arbitrario: el mundo es una forma vacía y casi inexistente. Es la nada misma adulando al espacio pero sin ninguna realidad trascendente. Luego, uno, iluminado por esa luz esencial que debe ser muy semejante a la de Dios en víspera de la creación, empieza a definir, a coincidir con los objetos: lo grandioso de este sentimiento es la coincidencia que uno lleva a cabo, parado, por decirlo así, desde el otro mundo.