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porque el hombre ama su propia y obscura vida solamente.»
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«Siempre he admirado al villano, al fuera de la ley, al hijo de perra. No aguanto al típico chico bien afeitado, con su corbata y su buen trabajo. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad.» Bukowski
Las chicas repasan el esquema, no porque no lo conozcan, pues cada detalle repetido desde siempre ya es parte de su complicidad gemelar, sino que lo hacen como una forma de entrar en calor en la fría noche, de estar a punto antes de salir. Ulorin sabe que con suave movimiento explorado desde su ajustado vestido debe esperar a que Amalthea comience con lo suyo. Es lo que esperan ellos. Saben que la escena representada por sus cuerpos idénticos pone eufórico al escaso público que espera noche a noche no ser atrapado por el amanecer gracias a unas copas de más. Mientras ellas se acarician, ellos rugen, vibran como hienas al asecho. Huele a hembra, a sexo, a sudor de látex adherido a la piel. El lugar sin límites se estrecha al calor de la respiración de hermanas al unísolo como huella derramada sobre ese retrato de bizarro glamour en infinita noche de martes. Mientras Ulorin se posa en una silla al centro del escenario, Amalthea la encadena como símbolo de dominio sobre su alter ego. Los caballeros extasiados en su voyerismo piden más, mientras Amalthea dibuja líneas húmedas con la punta de su lengua sobre el cuello palpitante de Ulorin.
Otra noche de descarriados sueños de alquiler, otra jornada de sexo sin sexo, otra oportunidad para perderse en la oscuridad de local nocturno de puerto astral.
Sentado en el patio de comida del mall mientras los monitores de televisión –ajenos a un día de paro y protestas- emiten “Terminator” en una de sus versiones, contemplo a los otros comensales, con la mente en otro lugar, totalmente ajeno a este centro comercial.
Es extraño detenerse a mirar a todos esos seres que comparten espacios en este día de lluvia y que se alimentan frente a utensilios desechables, desechables como aquellos sueños que truncados se acumulan en la barra del bar o en un ambiente tedioso. Observo a seres grises mientras pruebo una carne mongoliana, mientras escucho a Coltrane en la memoria. Trane si que sabía copar espacios, desarrollarlos hasta casi asfixiar a todo y a todos los demás, el sí tenía glamour, a pesar de vivir intoxicado, no como este espacio construido de lugares y gentes comunes, solo comunes seres de carne y hueso pero sin el éxtasis de habitar. Maldito jueves de pizzas en promoción; malditos seres que pupulan esperando nada, tan inútiles como aquel volantín encumbrado en día de lluvia.
Quizás el prozac ya no me hace efecto, pues tengo unas locas ganas de comérmelo todo, a pesar de haber subido desde ayer la dosis diaria del ansiolítico. Quizás sólo está nublado y no lluvioso como creí ver, pienso eso mientras te busco tras el cristal que lo domina todo, que nos observa.
Veo humanoides que desollados de alma juegan a acumular objetos y valores tan inútiles como sus diálogos de ciego. Veo empleados que trabajan hasta desvanecerse y luego transpiran sus sueños sobre una almohada contaminada. Veo extraños seres que desfilan a pesar de su armadura y golpean a otros seres en la calle. Veo almas ennegrecidas dentro de esa copa de licor que bebo a pequeños sorbos.
Trane, Trane, Trane… a lo mejor si hubieses de verdad fundado una religión te hubieses dado cuenta que hoy quizás sólo está nublado y no lluvioso como creí ver.
Retrasada, estás ya muy retrasada, lo estás porque en el fondo no te interesa compartir con los mismos de siempre, con sus diálogos superficiales, con sus monólogos grandilocuentes, por eso llegas tarde al compromiso.«Todos íbamos a ser Rimbaud.
Todos íbamos a ser Artaud.
Todos íbamos a ser Edgar Allan Poe.»
Andrés Morales
Sientes un ruido blando mientras tratas de dormir. Tu cama no es una cama y tu habitación no es tu habitación. Agua fría afuera, agua fría adentro. Ya no interesa si estás en casa o en la calle, la sensación de pérdida de hábitat es la misma. No buscas heroísmo, tampoco incondicionalidad. “Sólo lo que vives es cierto, sólo lo que muere no tiene una mejor alternativa”, repites eso hasta el hartazgo mientras tratas de encender una pequeña estufa que no tiene ganas ni gas.
